Dictadura sinfónica y democracia de cámara
En un mundo en donde se promueve la música sinfónica como un elemento de educación básica y cúspide de la música clásica, hemos olvidado que la labor artística refinada del músico se encuentra en la música de cámara.
Por Issac Ramírez
De música sinfónica y música de cámara
Hace unos días me topé con un comentario en redes sociales de la directora de orquesta Tiffany Chang que decía "Nos sentamos en los ensayos esperando que nos digan qué hacer. No porque no podamos pensar por nosotros mismos, sino porque nunca se nos permitió hacerlo". Me pareció un comentario simplista en el que se olvidó tomar en cuenta el género que dió nacimiento a lo que ahora conocemos como música clásica: la música de cámara. El entusiasmo por que cada escuela y cada población tenga una orquesta sinfónica juveníl/infantil como catalizador educativo y social nos ha hecho pasar por alto los objetivos reales de esta actividad pedagógica.
Las orquestas sinfónicas son consideradas (sin discusión alguna) las instituciones cúspide de la música clásica, y (también sin lugar a dudas) como el mejor medio para que la juventud crezca sana y formar una sociedad sensible y empática hacia las minorías y todo lo que nos rodea; sin embargo, estos objetivos son puramente sociales, no artísticos. Lamentar que las orquestas no sean una instituciones democráticas resalta que hemos romanizado la estructura y funcionamiento de estas erróneamente.
La rigidez de la dictadura sinfónica
En una conversación casual durante un descanso del ensayo de la Orquesta Filarmónica de Jalisco, el solista de esa semana (del que no mencionaré su nombre para no meterlo en una controversia innecesaria) mencionó que “en principio, el director de la orquesta es enemigo de los músicos”. Esta afirmación me pareció chocante al principio porque, aunque era una idea revoloteando en mi mente, nunca la había escuchado articulada de esa manera. Claro, como en cualquier otro sistema de gobierno totalitario, el dictador es el enemigo de la libertad del pueblo; aunque en este caso es absolutamente necesario para mantener la coherencia de las ideas musicales de más de 60 integrantes, cada uno con el ego de una deidad griega. Si un director no logra imponer sus ideas musicales a toda la orquesta, el concierto resultará en una masa ecléctica sin pies ni cabeza.
Debo mencionar que existen directores que dan mucha libertad a sus solistas o a sus secciones (encabezadas por su principal) y otros que imponen sus ideas de principio a fin, pero eso es un tema para otra ocasión. También es justo señalar que la operación de una orquesta sinfónica no depende solamente de las decisiones de una sola persona, ya que existen comités técnicos y comités artísticos que la hacen funcionar tanto en sus finanzas como en la elección de nuevos integrantes o la formación de programas y temporadas, por ejemplo.
Los directores van y vienen, los músicos prevalecen
Las diferencias entre los motivos mueven a un director y de los que mueven a los músicos en los atriles de una orquesta sinfónica son simples pero trascendentes.
El director artístico
Para el director la orquesta se convierte en su instrumento, por lo que un director sin orquesta es como un violonchelista sin violonchelo. Su carrera depende de estar al frente de una orquesta, o por lo menos de “chapulinear” de una a otra para crecer en prestigio y oficio. Los periodos que un director trabaja con una orquesta sinfónica son cortos comparados con la prevalencia de los atrilistas que laboran en ella, los cuales tienen que adaptarse periodo tras periodo durante años y hasta décadas, a las ideas, cualidades y consecuencias de cada sucesor al podio.
El músico en el atril
Para el músico atrilista, la razón principal de ejercer sus habilidades artísticas en una orquesta es primordialmente económica. Un empleo en una orquesta sinfónica representa un ingreso económico estable, más que un crecimiento artístico deseable. Dicho esto, debo aceptar que lo que más disfruté de tener un empleo en una orquesta profesional durante más de 15 años fue estar rodeado de artistas admirables, incluyendo directores.
La magia de la democracia en la música de cámara
A diferencia de la música sinfónica, uno de los placeres más grandes de la música de cámara es poder expresarnos con nuestra propia voz para construir un discurso colectivo sin que solamente una persona imponga sus ideas individuales. Es como una relación amorosa (o poliamorosa) en la que aprendemos a ceder y a conciliar diferencias para construir un discurso con un significado real y genuino. Sin embargo las dificultades de la música de cámara son tales que es necesario salir de la zona de confort y ejercer labores extramusicales de las que poco se nos enseña, pero necesarias para mantener la actividad camerística rentable para nuestra economía.
Un gran poder conlleva una gran responsabilidad
Un gran poder conlleva una gran responsabilidad, es por eso que la música de cámara se convierte en un reto monumental. Salir de la zona de confort para expresar nuestras propias ideas y emociones siempre es más difícil que quedarse callado y seguir órdenes en una orquesta sinfónica.
Selección de integrantes
El primer paso es la selección de colegas. Tal como el enamoramiento de una pareja, encontrar a una o varias personas con quien compartir momentos de felicidad y de dificultad resulta poco sencillo. Algunos ensambles de música de cámara nacen de la amistad preexistente entre sus integrantes, otros se forman como una banda de rock que abre convocatorias de audiciones para encontrar a su próximo bajista o baterista. Además debemos sumar la complicada logística de encontrar los horarios de ensayo que se adapten a cada uno de los integrantes, pues igual que el fútbol, el que no entrena en equipo no juega el partido.
La promoción y el marketing
Lo que nunca nos enseñan en el conservatorio o la universidad. La promoción y el marketing para conseguir contratos es probablemente la parte más engorrosa y la que tenemos que aprender por nuestra propia cuenta después de varios impactos en la pared. Es probablemente la parte administrativa que nos lleva tanto o más tiempo que nuestras horas de estudio personal y de ensayo grupal.
El estudio personal
En la música de cámara, el estudio personal se convierte en uno de los mayores retos para cualquier artista, pues a diferencia de la actividad sinfónica, el músico se desempeña como solista el 100% del tiempo, sin oportunidad a errores y con una audiencia que espera perfección técnica e interpretativa. Esta es la parte de hacer música de cámara que más pesa como una responsabilidad artística para la que no existen atajos ni remedios.
Música de cámara para las nuevas generaciones
Vivimos una época de cambio en la que el sueño de tener orquestas infantiles y juveniles comunitarias ya es una realidad, inclusive en muchos países en vías de desarrollo. Si lo que buscamos hoy en día es ayudar a las nuevas generaciones a tener una participación activa en la sociedad, también es necesario enseñarles la responsabilidad que eso conlleva. Para ello la música de cámara representa la disciplina ideal para entender el esfuerzo que requiere tener una voz individual independiente y la responsabilidad que ese poder acarrea.
Enseñanza sin gloria para el educador
Como educadores, debemos estar conscientes que la enseñanza de la música de cámara es hasta cierto punto anónima y sin gloria espectacular para nosotros. El impacto escénico de un cuarteto de adolescentes nunca será el mismo que el de una orquesta sinfónica juvenil presentando O Fortuna (Carl Orff) en el teatro o auditorio de la ciudad, sin embargo dejará una huella mucho más profunda y enseñanzas personales y cognitivas que van mucho más allá de la convivencia orquestal y la empatía social.